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Bienvenidos al Centro Hebamme

Centro Hebamme es un lugar que nació de la soledad de un puerperio, de sentirse perdida en cuanto a recursos para afrontar el inicio de una nueva vida y de los nuevos roles; de la vivencia de la maternidad.

 

Así, como matrona y fisioterapeuta, decidí que si el lugar donde las mujeres y sus familias podían encontrar una atención holística no existía, lo crearía.

 

Actualmente, Centro Hebamme es el lugar donde las mujeres, los hombres y las criaturas pueden ser atendidas de forma individual o colectiva en la manera que necesiten, con los profesionales más adecuados trabajando juntos por el bienestar común.

En Marzo, un Taller muy Especial

Taller de Meditación Solidaria

Os invitamos a participar en una nueva actividad que comenzaremos desde el viernes 10 de marzo, con un taller de Meditación Solidaria. La aportación será de 15 euros al mes -clases sueltas a 5 euros- y la totalidad de la recaudación será destinada a la ayuda de los Refugiados a través de las asociaciones Open Arms, ProActiva y Amigos de Ritsona.

 

Nuestras Actividades Permanentes

En esta galería tienes todas las Actividades Permanentes del Centro Hebamme en formato imagen para que puedas descargarlas y llevarlas en tu móvil o tableta.

Novedades en nuestras actividades

Centro Hebamme: Consultas, Actividades, Talleres y Formación

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Conoce el nuevo Centro Hebamme

¿Qué significa Hebamme?

Hebamme es una palabra de origen germánico que significa literalmente "la que conduce" y se emplea para nombrar a la matrona, comadrona o partera. Mira las diferentes denominaciones que se usan para las matronas en distintos lugares del mundo: 

02.02.2017
Ascensión Gómez López
1 Comentarios
Érase una vez una princesa. Era una princesa muy lista, muy sabia, muy valiente y muy divertida. Vivía en un reino hermoso, donde las mujeres y los hombres tenían libertad para hacer y decir lo que quisieran, donde la paz y la armonía brillaban, y los niños y las niñas jugaban todo lo que querían. Había muchos lugares comunes, columpios, zonas de juego y casas de puertas abiertas. Era un reino tranquilo. Paseaba un día la princesa por el bosque, pensando en sus cosas, cuando tropezó con un príncipe que no conocía. El príncipe la miró y le preguntó si quería casarse con él. La princesa, incrédula, se echó a reír. - ¿Cómo me voy a csar contigo si no te conozco de nada? - le dijo. - Princesa, he cabalgado mucho para llegar hasta aquí. He oído hablar de tu belleza y tu sabiduría, y vengo a proponerte que seas mi esposa - le contestó él muy seguro de sí mismo. - Para pensar siquiera tu proposición, tendrás que superar tres pruebas que yo te diré; si las superas, entonces, me pensaré si tu proposición merece la pena - le dijo la princesa. - No hay problema - contestó el príncipe encantado de sí mismo - soy un príncipe valiente y lucharé contra dragones y gigantes por tí. La princesa rió a carcajadas. Cosa que al príncipe no le hizo mucha gracia. - No lucharás contra nadie, príncipe. Las pruebas que yo te voy a poner son mucho más difíciles que eso. De momento, vamos a mi castillo. Allí comeremos y esta noche te diré cuál es la primera prueba. Y así sucedió. El príncipe y la princesa llegaron al castillo. Comieron, descansaron y llegó la noche. Antes de ir a dormir la princesa le dijo: - Esta noche deberás estar atento a todos los sonidos del castillo. Si oyes algo, tendrás que actuar en consecuencia. Si no oyes nada, dormirás toda la noche y por la mañana, sabremos que no has superado la prueba. Y se marchó a su dormitorio. El príncipe estaba realmente intrigado y, sí, un poco preocupado. Esto no era lo que le habían dicho que podría ser; él era un príncipe valiente, luchador y defensor de los débiles. Le habían enseñado a pelear y vencer dragones, gigantes y demás seres peligrosos, pero nunca le habían dicho algo así. De modo que se fue a su dormitorio, se tumbó en la cama vestido y con la espada preparada, y esperó. El silencio se extendía por el castillo como un manto pesado. El sueño acechaba al valiente príncipe, que se le cerraban los ojos casi sin darse cuenta. No se oía nada de nada.  Pasada la medianoche, el silencio se rompió. ¿Qué era ese sonido espeluznante? El príncipe saltó de la cama espada en alto con los ojos bien abiertos y las orejas erguidas. ¿Era un gato? No; parecía, pero no. Era otra cosa. Salió de la habitación sigilosamente en busca del sonido que le había despertado. Recorrió el pasillo lentamente, pegando la oreja a cada puerta, intentando localizar de dónde exactamente salía aquel sonido agudo y desgarrador. Al llegar a la útima puerta, un tenue rayo de luz salía por debajo. ¡Ahí estaba! Se oía más bajito, pero sin duda, el sonido salía de allí. El príncipe sudaba un poco; nunca había oído nada semejante y no tenía ni idea del tipo de mosntruo que podía encontrarse allí. Se preguntaba cuál sería la mejor manera de matar al espantoso ser que podría estar dentro de ese lugar, y si sería capaz de hacerlo. Abrió lentamente la puerta. La espada temblaba levemente. Y allí, en mitad de la estancia, había una especie de canasto. El sonido, sin duda alguna, prodecía de esa cosa. Tendría que asomarse. De pronto, un sonido estridente y agudo, como un gato maullando, pero sin ser un gato, salió de la canasta aquella. Dio un salto hacia atrás, antes de recomponerse. ¡No podía acobardarse! ¡Él era un príncipe de sangre azul, entrenado para las peores batallas del mundo mundial! Dio un paso hacia la canasta, y otro grito. Otro paso, y el grito no cesaba. Otro más, ya casi podía ver el interior, y los gritos salían y salían sin cesar. Por fin, llegó hasta el centro de la habitación, junto al canasto, y miró dentro. No encontró ningún monstruo peludo, sino un bebé. ¡Cómo era posible que un bebé pudiera gritar tanto! Evidentemente, no podía matarlo, pero, entonces ¿qué tenía que hacer? Era una situación que jamás había imaginado. Tendría que hacer callar al bebé, suponía, pero ¿cómo? Miró su espada inútil, y la dejó en el suelo. Caminaba alrededor de la canasta donde estaba el bebé, que chillaba cada vez más, sin saber qué hacer. - Piensa, piensa, piensa... ¿cómo se calla a un bebé? ¿qué hacen los bebés? - se preguntaba el príncipe en voz alta. No se le ocurría nada, y el bebé lloraba y chillaba como un demonio. Así que hizo lo único que supo: cogerlo en brazos. Y el bebé se calló. El príncipe se puso loco de contento, aunque no tenía ni idea de por qué había logrado que le bebé se callara. Y ya se regodeba en su triunfo, cuando el bebé empezó a llorar de nuevo. Esto le desconcertó mucho. Se quedó confuso y sin saber qué hacer. Sudaba copiosamente. El bebé gritaba, lloraba y pataleaba. Temió que se le cayera de los brazos, que mantenía alejados de su cuerpo por temor a hacerle daño a ese pequeño ser, pero el bebé se retorcía y chillaba como poseído. Intentó acercarlo a su pecho para sujetarlo mejor, pero llevaba la armadura, que estaba fría y dura, y el bebé chilló más todavía. Ahora sí que estaba en un apuro serio. Matar dragones era mucho más sencillo, se dijo. Los segundos pasaban y el bebé parecía cada vez más difícil de callar. De repente, se le ocurrió una cosa: "si me quito la armadura, podré sujetar mejor al bebé contra mi pecho, y a lo mejor, se calla". Y en un plis plas, dejó al bebé en la canasta, cosa que hizo subir aún más el volumen de los gritos, aunque hubiera parecido imposible de creer, y se quitó como un rayo la armadura y la cota de malla protectora, dejando sólo su camisa por vestido. Velozmente, volvió a coger al bebé en los brazos y esta vez, lo acercó a su pecho y lo acurrucó. Y el bebé dejó de gritar, puso cara de placer y se estremeció dando un suspiro antes de dormirse. El príncipe, alucinado, no dejaba de mirarlo. Sin darse cuenta, había empezado a mecerlo. Le embargó una ternura exquisita que lo pilló por sorpresa. Canturreaba. Miró alrededor buscando un lugar para sentarse. Una mecedora apareció en un rincón. Se sentó. El amanecer sorpendió al príncipe dormido en la mecedora, con el bebé en brazos acurrucado contra su pecho. La princesa entró en la habitación y vio al príncipe plácidamente dormido con el bebé en brazos. - Has superado la primera prueba. - le dijo con una sonrisa en la cara - Ahora comeremos y pasearemos por el jardín. Esta noche, sabrás lo que tienes que hacer para la siguiente prueba. Así ocurrió. Comieron, pasearon y hablaron de muchas cosas. A veces estaban de cuerdo, y a veces, no. Lo pasaron bien. Llegó la noche y se iban a dormir cuando la princesa le dijo al príncipe: - Esta noche dormirás. Si puedes... - ¿Y qué más tendré que hacer? - Nada. Sólo pensar en lo que hemos hecho hoy. - Pero, ¿cómo sabré si he superado la prueba? La princesa, sonriendo, no contestó. Le dio las buenas noches, y se fue a su dormitorio. El príncipe estaba muy cansado. No se había dado cuenta durante el día, porque estaba disfrutando mucho del paseo con la princesa, y de lo que estaban hablando y hablando. Pero ahora, al quedarse solo, notó que apenas había dormido la noche anterior. Es más, se sorprendió a sí mismo pensando qué habría sido del bebé, dónde estaría y si alguien lo estaría cuidando. Empezó a pensar en las madres que cada noche y cada día cuidaban de sus bebés, en lo cansadas que estarían y en lo solas que se sentirían. Pensaba todo esto y se sentía triste. Muy triste. Nunca se había sentido tan triste y tan solo. No sabía qué hacer con tanta tristeza y con esa inquietud. Pelear con gigantes era sencillo, pero este gigante que estaba creciendo dentro de él no se podía matar con la espada. Por más que intentaba dormir, no podía, y eso que estaba terriblemente cansado. Empezó a intuir que aquello era la prueba, y que no podría superarla. ¿Qué hacer con esta tristeza? ¿Cómo luchar contra la angustia que sentía? Se sentía pequeño e indefenso, algo que antes jamás hubiera creído posible. No le valía la espada, ni la armadura, ni la técnicas de lucha. Supo que no podría hacerlo solo. Así que salió de la habitación y caminó por el pasillo buscando alguna luz. Todo estaba oscuro y silencioso. ¿No habría nadie? ¿Estaban todos dormidos? ¿Y si entraba en algún sito y molestaba su presencia? Siguió caminando y caminando, sintiendo que no saldría vivo de aquel pasillo. Entonces, al volver un recodo, encontró una puerta; por debajo de ella, se veía una luz. Entró. Era la habitación de la princesa, pero la princesa no estaba dormida. - Te estaba esperando - le dijo. - ¿Por qué? - Porque has buscado ayuda. Has superado la segunda prueba. El príncipe le contó lo que le estaba pasando. Ella le escuchaba con mucha atención, pero no decía nada. Él seguía contando lo que sentía, como una corriente de agua que ha encontrado una salida. No podía parar de llorar, de hablar y de sentir. Cuando soltó aquel gigante que le tenía vencido, volvió a sentirse grande y fuerte. Se fue a su cuarto, y se durmió. A la mañana siguiente, mientras desayunaban pan con mermelada y frutas, la princesa le dijo que tenía que averiguar cuál era la tercera prueba. - Ya has encontrado la ternura, el miedo, la tristeza. Has aprendido a desprenderte de lo que no te vale y a buscar ayuda. Has entendido que para proteger a otros, no siempre es necesario blandir una espada. Has sentido la soledad. Y ahora te pregunto: ¿para qué has venido? El príncipe se quedó callado. Sintió el impulso de decir: "vine para casarme contigo". Pero le sonó vacío en su interior, así que no lo dijo. -  He venido... No sabía qué decir. La princesa lo miraba a los ojos, pero no decía nada tampoco. Cuadro de Leandro Lamas - Creo que he venido equivocado y ahora estoy empezando a conocerme mejor. Retiro mi propuesta de matromonio - dijo por fin el príncipe - y espero que me perdones por haber sido un arrogante. La princesa sonrió. - Has superado la tercera prueba: ahora eres consciente de que las personas no son objetos que se ganan por un combate, ni las princesas vivimos esperando propuestas de matrimonio. Ahora ya puedo pensar en tu propuesta, pero la has retirado. Ahora, de verdad, podemos ser amigos y aprender muchas cosas el uno del otro. Y así fue. El príncipe y la princesa se hicieron muy amigos y vivieron muy felices y comieron perdices (de lechuga, con aceite y pimienta), y no sabemos si se casaron, si encontraron otra pareja o no. Pero eso es otra historia. Con esto y un pimiento, mañana (o cuando sea) otro cuento. Ascensión Gómez López

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C/Alfonso X El Sabio 28, Bajo
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